¡Qué vagas las
montañas!
Ha salido el Sol
a despertarlas
y siguen ahí,
tumbadas.
Demasiado
bonitas
se han dejado
conquistar,
para que vean
los demás…
Quieren presumir
de bellas,
dejando que los
ríos se corran encima.
Está claro que
son ellas
quienes los han
llevado a la cima.
¡Qué vagas las
montañas!
Sean guapas,
sean feas;
da igual sierras
que cordilleras,
ya no quieren
rodilleras.
Y que los ríos
corran alegres,
que salten y la
casquen,
ya llegarán al
triste mar.
Caerán desde
arriba,
besando sus laderas
todas las
noches, enteras
aunque a ellos
les duelan.
Aunque les
duelan y quieran sus besos.
Dirán las
montañas:
¿Quiénes son
esos?
Y por cada gota
que llega,
el mar se hace
más grande.
Las montañas
ríen y juegan
mientras los
ríos se vuelven cobardes.
Ellas comienzan
a caer
y envejecen con
el tiempo,
dando al mar su
argumento
para crecer y
hacerlas ver
que en todo
momento
las querían
querer.
Pero ya es
demasiado tarde.
Las montañas se
quedaron solas,
el mar ha
violado los valles
y quedan
marcadas las olas.
Mientras, ellas,
lloran y lloran,
el mar, no para
de subir.
Las cumbres, ni
vaguean ni follan
y el Sol ha
vuelto a salir.
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