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miércoles, 22 de enero de 2014

Como las gallinas.

¡Qué vagas las montañas!
Ha salido el Sol a despertarlas
y siguen ahí, tumbadas.
Demasiado bonitas
se han dejado conquistar,
para que vean los demás…
Quieren presumir de bellas,
dejando que los ríos se corran encima.
Está claro que son ellas
quienes los han llevado a la cima.
¡Qué vagas las montañas!
Sean guapas, sean feas;
da igual sierras que cordilleras,
ya no quieren rodilleras.
Y que los ríos corran alegres,
que salten y la casquen,
ya llegarán al triste mar.
Caerán desde arriba,
besando sus laderas
todas las noches, enteras
aunque a ellos les duelan.
Aunque les duelan y quieran sus besos.
Dirán las montañas:
¿Quiénes son esos?

Y por cada gota que llega,
el mar se hace más grande.
Las montañas ríen y juegan
mientras los ríos se vuelven cobardes.
Ellas comienzan a caer
y envejecen con el tiempo,
dando al mar su argumento
para crecer y hacerlas ver
que en todo momento
las querían querer.

Pero ya es demasiado tarde.
Las montañas se quedaron solas,
el mar ha violado los valles
y quedan marcadas las olas.
Mientras, ellas, lloran y lloran,
el mar, no para de subir.
Las cumbres, ni vaguean ni follan

y el Sol ha vuelto a salir.

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